¡Oriolanos, Franco no ha muerto!

Franco y Alcocer

El presidente de los Moros, Antonio Manuel Alcocer (i) escucha al presidente de Honor, Antonio Franco, hace unos días antes de la reunión por el conflicto de los Beduinos disidentes. / FOTO: Alberto Aragón

Ya lo dice en su encabezamiento la propia Orihuela: “La muy noble, leal y siempre fiel”, sobre todo esto último. La ciudad es el lugar donde los que toman las riendas de cualquier institución siguen, por lo general, fagocitados por su antecesor hasta del infinito y más allá, como si además del cargo les inocularan el síndrome de Estocolmo, aliñado con altas dosis de ‘obediencia debida’, como intentando que el titular de la plaza se vaya desconectando de ella poco a poco para que no le duela el pinchazo, y ante todo que sea inocuo sacar la aguja. Digo esto porque si uno se va al Museo de los Moros y Cristianos y ve cómo actúa el presidente de Honor, Antonio Franco, se nota que manda un huevo, pero es cuando está con el presidente oficial, Antonio Manuel García Alcocer, el momento en que Franco intenta dejar claro quién es el verdadero amo del cortijo. Y no es que el titular actual del cargo no sepa mandar, al contrario, lleva media vida a la sombra del Fantasma Almorávide. Alcocer conoce las claves de los Moros y Cristanos de Orihuela como el salón de su casa, pero la personalidad del primero es… es un torrente. Es Franco el que dice cómo, dónde y cuándo se respira, se habla o se vota -al cielo o en la urna-. Y todo esto que cuento no es malo ni bueno, salvo que para reinar desde el sótano, podría haber seguido al frente de la cosa, y este año acumulando cargos en el balcón de la Esquina del Pavo. Así no habría lugar a equívocos. Impresiona la genuflexión que le dedicó media calle a su llegada al plenario festero con motivo de la bronca por la autorización a instalarse a los Beduinos disidentes, esos mismos que yo bauticé hace años como los Beduinos de Pomares -en referencia al actual intendente principal de la Policía Local de Orihuela-. Y todo esto sin contar cómo dirige Franco la orquesta desde su palco honorífico en la sala de juntas de la asociación festera. Tiene mérito su capacidad para imponer su  criterio entre un colectivo tan grande y tan diverso, pero a este Franco, como al otro, no le tose ni dios y el que le tose acaba devorado por la pulmonía. Sé de lo que hablo porque yo las he tenido tiesas con él cuándo mandaba también dentro del Ayuntamiento. Era en esa época que hasta le atribuyeron eso del ‘palancaso’, a través del que presuntamente activaba un un aparato para bloquear la señal de los móviles para que los periodistas no pudiéramos avisar de lo que ocurría dentro de la casa consistorial; hablo de un tiempo en el que se experimentaba esa sensación, que en este país ha sido propiedad casi exclusiva de represaliados, de constatar que el poder lo posee otro al que no le tiembla el pulso para ejercerlo en tu espinazo.

Sin duda, Franco tenía ese poder y me atrevería a decir que aún hay rescoldos de aquella lumbre. No sé ahora si todavía tiene autoridad pero… la Fiesta no abrillanta una cimitarra sin que él le pase antes el Pronto.

Sus enemigos, que le odian y le respetan por igual, saben que el poder de este Fantasma Almorávide no acabó en su dimisión. Al contrario, es ahí donde empezó a mostrar su verdadera dimensión. Este Franco como el otro sólo dejará de mandar en el último suspiro y en la cama. Es su naturaleza. Que tomen nota los que le detestan porque aquel gobernó cuarenta años pero el de Orihuela solo lleva 20. O sea que está a mitad de mandato y lo va a celebrar llevando El Pájaro y sin darle el desquite al intendente Pomares. A partir de Ahí, Franco es un tipo capaz incluso de caer bien a mucha gente, y hasta se ha oído decir que algunos han conseguido cierta empatía con él, por lo que habrá que buscar el papiro que lo confirme en el archivo histórico. No digo lo de llevarse bien por nosotros dos, que no nos hemos gustado nunca, ni lo volveremos a hacer, supongo que por lo que cada uno de nosotros cree que representa el otro y que en todo caso es lo opuesto, pero es cierto que con los años hemos encontrado cierto equilibrio, sobre todo porque él ya es un político sin concejalía y yo un periodista sin periódico, al menos no diario. Por lo tanto nada que temer.

Me molesta mucho de él, y se lo he dicho a la cara, que fume otra vez, sobre todo después del paparajote que le dio hace algunos años, pero no hace caso. Jamás le hará caso a nadie. Es su naturaleza. Incluso he llegado a pensar a veces que el último cigarro se lo echará en la cama y que lo dejará en el último suspiro, aunque solo sea por joder. Mientras tanto…

¡Oriolanos, Franco está muy vivo! y cada vez que el intendente Pomares se retuerce en su cárcel de oro, el presidente se enciende otro cigarro, se sienta en la acera junto a la cuesta de San Miguel y espera para ver pasar, patrullando, el cadáver de su enemigo.

Cosas veredes, amigo Sancho.

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