Porque ‘El Coletas’ lo vale

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Antonio Bartolomé, en el bautizo de mi hijo Javier, antes de la crisis.

Peligro. Hoy he tomado té en vez de café, lo que demuestra que el día iba a tener mala pinta. No sabía muy bien a qué atribuir este estado de ánimo tan ‘pluf’ que me ha afectado en una costumbre tan arraigada a mi motor de arranque. Ha sido el móvil, esa conciencia canalla y portátil, quien me ha sacado de dudas: Hace siete años como siete puñaladas traperas se desencadenó el suceso más triste que recuerdo. Ese día se me murió ‘El Coletas’ y no hay día que no me acuerde de Él, y de mis abuelos maternos. No sé qué extraño resorte es el que de manera recurrente, cada día, ocurre algo que me lleva a los territorios de las cuatro personas por las que más respeto he sentido en toda mi vida, porque el cuarto anda vivito y coleando haciendo cine por Asturias. Y pasa a diario como en ‘El día de la marmota’.En la madrugada de ese día que el santoral fija como San Valentín, aunque se ha impuesto la versión cortinglera de ‘los Enamorados’, llega mi alter ego Antonio Bartolomé, mi amigo, mi hermano, ese pendrive gigante repleto de frases lapidarias, buenas palabras e infinitos afectos, y le explota el corazón a media noche en su casa. A traición. Y nos deja solos.

Siempre recuerdo con una sonrisa privada cuando se refería a un alto directivo de La Verdad de Murcia como “la pesadilla nocturna y diurna”, o cuando pasaba algo y “solo se enteran dos… los vivos y los muertos”; y esa otra cuando el diario estaba integrado en lo que se llamaba el Grupo Correo (vasco) y siendo yo aún un joven periodista me decía “lleva cuidao y no te equivoques! cien mil ojos abertzales te vigilan”, y los días de tomar media docena de cafés o “agua de fregar los platos”; y las lecciones de periodismo y maquetación cuando me dejaba escribir de manera clandestina las portadas de La Verdad de Murcia a las dos de la madrugada cuando no quedaba ni dios en la redacción. Bueno sí quedaba alguien, quedaba en el cierre Rafael González Aguilar, el hombre más sensato y más culto que recuerdo y que se leía el diccionario de la RAE mientras vigilaba la entrada de noticias de última hora en los teletipos.

No se ni me importa un pijo lo que pensaría El Coletas de lo que ha pasado en estos siete años en el periódico. Me la trae floja todas las decisiones que en este tiempo han/hemos tomado alrededor del periódico. Seguramente él tampoco estaría ahora entre sus activos. Muchos de los que vivimos y protagonizamos media década de los noventa en la redacción de Murcia están muertos o nos han echado a la calle, que es otra forma de morirte en la que, por suerte, nadie te llora. Nadie sufre salvo tu propia familia.

Cada vez que recuerdo esas horas fatídicas en las que El Coletas nos dejó plantados y les dijo “a los vivos y a los muertos” que se bajaba en marcha me sale una arruga nueva en el corazón. Pero él se hizo inmortal el mismo día que palmó. Y menos mal que era un chico malo porque así estará en todas partes, porque los chicos buenos solo van al cielo, lo que me tranquiliza mucho, porque sé que nos encontraremos seguro.

Desde aquella madrugada cabrona en que sonó el teléfono a las seis de la mañana ya no amanece igual ni en su casa ni en la mía. Pero amanece siempre y la vida se impone. Y sigue adelante. Los camposantos están llenos de padres, hermanos, amigos o hijos que cogieron Las de Villadiego a los 47 tacos, sin pedir la vez ni decírselo a nadie. Claro que si me hubiera pedido permiso le habría dicho que ‘nanai’; que te pongas como te pongas te quedas aquí y te chupas la crisis, a Montoro y a Bárcenas, sin rechistar como todo hijo de vecino. Y te aguantas porque te habrían bajado el sueldo y creo que ya te habrían despedido, porque las empresas ya hace mucho que solo buscan borregos. Los que discrepan, los que tienen criterio, los que defienden la plaza con el cuchillo de los derechos en la boca; los comprometidos y los que defienden con dignidad lo que es justo… sobran.

Y sí, yo debería haber entendido la señal porque el mismo día que hiciste mutis arrancó el proceso degenerativo más grave que ha sufrido el estado de bienestar por cuyo establecimiento tanto trabajaste. Te perdimos a ti, pero también se ha quedado en la memoria colectiva una época en la que la Sanidad, la Educación, la atención a los desfavorecidos y hasta tener un techo han dejado de ser derechos para convertirse en privilegios.

Y todo eso pasa en este momento en el que lo único bueno que recuerdo es que ni siquiera “cien mil ojos abertzales están vigiliando”.

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